Nati, tú crees que podría hacerte un porté a ti o tú hacerme un porté a mí?
Ahora que, en un torrente de impresiones y detalles he tratado de trasladar a Elisa mi
lectura de Lectura fácil de Cristina Morales(premio Herralde 2018
y, valiente sorpresa, premio nacional de literatura de este año), me siento un
poco más capaz de hablar de la novela. Porque al principio, recién noqueada,
sólo me salía la palabra “salvajada”. Y sigo pensando que es lo que es: una
puta salvajada (y valga la expresión tan políticamente incorrecta: es que todavía
estoy bajo su efecto…). Sólo al repensarla, recordarla, poco a poco va revelando
el arte y el rigor que hay detrás. Y que me llevó de la agonía a la carcajada
limpia, del vértigo a la admiración. Veamos. La historia es la de Àngels,
Patricia, Marga y Nati, cuatro primas y medias hermanas entre los 32 y los 43
años que viven juntas en un piso tutelado de la Barcelona actual (la de Ada
Colau, las trabajadoras sociales cuperas, los bares regentados por los chinos y
la invasión de los guiris) y que tienen diversos grados de discapacidad
intelectual y, en función de ellos, sus prestaciones económicas de diversos
montos. A través de sus voces (Àngels escribe, vía whatsapp, la novela de su
propia vida en lectura fácil; Patricia aparece dando testimonio ante una jueza
respecto de la conveniencia o no de esterilizar, por ley, a su hermana Marga,
aficionada a una asidua y alegre actividad sexual; y Nati vomita, con su propia
voz, unos iracundos discursos de una agudeza política penetrante que no dejan
ni un solo títere con cabeza). Marga, que no sabe ni leer ni escribir, actúa,
básicamente. Como se siente presa en el piso tutelada resuelve okupar un piso abandonado, con la ayuda
de la asamblea anarquista de Sants (el relato de las reuniones, fielmente plasmadas
en su correspondiente acta y en el que brillan las continuas llamadas al orden
por cualquier salida de tono políticamente incorrecta, cuenta entre las escenas
más desternillantes del libro). Y he aquí una de las mayores virtudes de Lectura fácil, tal y como advirtió
algún otro lector: pese al aire de gran guiñol, los personajes no son
caricaturas (con lo fácil que habría sido) ni víctimas. Son actoras de su
propia vida, pese a los barrotes que el sistema les impone. Un sistema perverso
cuya perversidad las supuestamente cuerdas y hábiles hemos dejado de percibir.
La novela de Cristina Morales es irritante, tronchante, insoportable. Les va a
entusiasmar o la van a odiar. O ambas cosas, a ratos. Van a ser incapaces de volver
a usar las palabras solidaridad, bienestar, capacidad, tolerancia, sin mirar a
su alrededor con sospecha. Es una novela contra esta vida perversa que vivimos,
contra la corrección política, contra la retórica, contra el sistema
asistencial, contra los fachas de derechas y los fachas de izquierdas, como
diría Nati. Y al final, los únicos momentos en que esta se salva (y me salva a mí que jadeaba ya por mi pequeña ración de consuelo ante tan implacable crítica), son dos: cuando
folla, y cuando baila, en un grupo de danza integrada. Momentos que Nati/Cristina describe con
parsimonia y gran detalle (tanto la manipulación del cuerpo en la danza como la
masturbación mutua durante los polvos), con pragmatismo y belleza. Son momentos en
que ocurre algo extraordinario: un intercambio, de búsqueda y consecución de
placer, sin que medien interés ni afán de lucro.
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